SIN “TECHOS DE CRISTAL”

08/11/2018 | Jose Antonio Suso

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SIN “TECHOS DE CRISTAL”

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Ser empresario, así en genérico, nunca ha dejado de estar exento del acopio de un buen número de capacidades (trabajo, disciplina, determinación, liderazgo, imaginación,…) aderezadas con un alto grado olfativo para detectar aquellas zonas de oportunidad de negocio y con los suficientes arrestos para asumir determinados riesgos, que en este País y desde hace unos pocos años, afortunadamente se restringen a lo meramente profesional.

Ser mujer y empresaria, así en cuestión de género, no es fácil. Añade un plus a lo comentado en el párrafo anterior. El listón para las mujeres que se han convertido en líderes empresariales ha estado colocado unos cuantos centímetros por encima que el destinado a sus homólogos varones. Probablemente la causa, entre otras, resida en la resaca generada por una dictadura con una perspectiva del género incalificable que, de partida, negaba a la mujer el acceso a una cuenta bancaria propia. Un lastre que se perpetuó durante muchas décadas.

El martes asistí a la entrega de premios anuales de la Asociación de Mujeres Profesionales y Empresarias de Álava (AMPEA). Ultimo acto de la celebración del  IV Congreso organizado por el colectivo bajo el título “Proyectar, crear y construir en femenino”.

Ese mismo día oía en una entrevista radiofónica a Esperanza Gómez de la Iglesia, reconocida por AMPEA con el premio a una trayectoria profesional que, en su caso, se ha desarrollado en un mundo eminentemente masculino. De la entrevista, dos ideas con diferente sabor. El primero ácido cuando la presidenta del Colegio de Agentes Comerciales de Alava reconocía que había tenido que medir incluso el vestuario empleado durante sus jornadas laborales desde hace 33 años. Segundo apunte: centró el éxito de su carrera profesional en su persona, en su actitud, en un inicial proceso de reflexión interno que concluyó en un firme reconocimiento de sus propias capacidades.

Es una realidad que los hombres se encuentran infrarrepresentados en algunos sectores profesionales. De la misma manera que las mujeres reducen en un número exponencialmente mayor su representación en otros; entre ellos, la jerarquía empresarial. Una situación difícil de entender tras constatar que el sistema educativo genera recursos humanos femeninos con unos expedientes académicos inmejorables que no se traducen ni en una óptima inclusión de la mujer en el mercado laboral ni en su posterior promoción profesional, en igualdad de condiciones en ambos casos. Es lo que han venido a denominar como el” techo de cristal” femenino en el ámbito laboral y profesional.

Y en todo esto no hay, no debe haber, ningún conflicto que tensione la familia y el trabajo. Las dos realidades deben afectar por igual a todos y a todas, sin ninguna repercusión negativa para cualquiera de las partes. La corresponsabilidad, también aquí -sobre todo aquí- debe materializarse para que no haya ninguna minusvaloración de género, para que el ámbito profesional y laboral de la mujer sea, ni más ni menos, en las mismas condiciones que las del hombre. Y en esas mismas condiciones se disfrute, se aborde, se viva la vida personal y familiar, cada cual con su diversidad y con su individualidad. Debemos avanzar, no en la uniformidad, sino en la igualdad.

Por una cuestión ética y de justicia social, todos los caminos deben confluir en el principio de igualdad de oportunidades en el que la persona y su talento se sitúe en el centro de la evaluación y de la calificación. Al fin y al cabo, como leí en una ocasión, “lo que no es rentable es la desigualdad”.

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